domingo, 28 de diciembre de 2014

Acontecimientos importantes



Hay un pueblo.
No es lo suficientemente pequeño como para prescindir de un barrio pobre con fama de violento, pero tampoco lo necesariamente grande como para que falte la sensación generalizada, entre sus habitantes, del “se conocen todos”.
Es de noche.
La mayoría se está por dormir con el parloteo exuberante del noticiero de la medianoche. Unos pasos en el techo despiertan a una mujer embarazada cuyo marido está de viaje por trabajo. Tres sombras irrumpen en el hogar forzando la puerta trasera del patio. Llevan machetes y palos. Son tres adolescentes de entre catorce y dieciséis años que luego serán arrestados.
En ese pueblo vivo con mi hermano, su mujer y mi sobrino de cinco años.
Esa noche también hay un incendio o un accidente cerca del pueblo. Mi sobrino y yo salimos a apoyarnos contra la reja para ver los camiones de bomberos y las luces rojas de las sirenas que le brindan a la calle, por unos instantes, la textura insólita que poseen los acontecimientos importantes.
Mi sobrino recuerda el fuego como una víbora amenazada por sobre la superficie del cerro del verano anterior. Mientras los camiones pasan, aprieto su mano. 




jueves, 4 de diciembre de 2014

Notas sobre la cultura y el arte

Escribe Jean Dubuffet, ideólogo del Art Brut, en la correspondencia que mantuvo durante el transcurso del año 1968 con el señor Witold Gombrowickz. Las citas que recojo y comento son de la carta fechada el día 20 de Octubre. El tema, según mi perspectiva, trata sobre la oposición cultura-naturaleza en el arte y la cultura: sobre qué puede considerarse artificial y qué auténtico, o si la oposición de hecho sirve o no de algo.
Por otro lado, tengo mis “peros” a una parte del planteo, y los peros son lo más importante en un debate, según el mismo Gombrowickz advierte a Dubuffet en una carta anterior; sin embargo, este comentario a Dubuffet no quiere destacarlos. Por el contrario, este texto es un intento por rescatar lo positivo, lo que de una u otra forma  interesa a mi perspectiva. Entonces, este es el plan: sólo daré uso a esos peros para “limpiar” la argumentación de Dubuffet según mis propósitos.

Primero leamos un fragmento:

“Habiendo hecho tabla rasa, denegando todo valor objetivo, todo fundamento legítimo, negando valor a todo – a todo lo que fascina a los humanos, a todo lo que mueve de una forma u otra al pensamiento (…) – el resultado, usted lo sabe bien, es una situación completamente nueva. No nos queda más que viento. Espejismos; y las fascinaciones que estos ejercen. A partir de este momento los espejismos se convierten en los únicos objetos de nuestro universo, los únicos resortes de toda actividad mental” 

El horrendo fantasma del relativismo se yergue por encima del párrafo, ¿no es cierto? Continúa:

A partir de este punto empieza mi nihilismo. O mejor dicho, mi nihilismo toma un signo positivo

Giro fundamental, y sigue:

“Me propongo, a partir de este punto, edificar sobre espejismos, crear espejismos (…). Se ha terminado para mí la anterior distinción entre objetos dotados de realidad y aquellos que son producto de la imaginación. ¡Desde ahora, un plano único para todo! Convencido de que nuestras acciones no son más que quimeras, soplos del espíritu sin otro fundamento que nuestra buena voluntad, tomo decisión de darles derecho de quimeras, darles cuerpo, carta de naturaleza; y su distinción entre quimérico y fundado (entre vicio y virtud, entre natural y artificial) no tiene ya sentido, al menos para mí”.

No es absolutamente genial?!

Primero extraigamos las palabras claves: “crear espejismos”, “plano único”, “buena voluntad”, “tomo la decisión”, “al menos para mí”. En la combinación justa de este pequeño conjunto de palabras se encuentra la flama de la seductora frescura del planteo. Entonces, ahora sí, parafraseo: no habiendo límite claro entre lo natural y lo cultural, no siendo posible distinguir qué sería auténtico y qué artificial, obtenemos un “plano único” desde donde surgen las creaciones (“espejismos”) apoyadas en nuestras creencias (“buena voluntad”). Lo auténtico y lo artificial (“quimérico o fundado”) son sólo atribuciones, operaciones de nuestras creencias que producen carta de (“tomo la decisión”). Así la oposición carece de sentido según mi perspectiva (“al menos para mí”: un gesto que dice “okey, esto no es fundamental para la vida del arte, pero me parece mejor pensarlo de esta manera”).   

Para defender el nihilismo de Dubuffet no haría falta más. Sin embargo, y aquí aparece mi principal “pero”, Dubuffet regresa a la oposición artificial-auténtico, contradiciendo el plano único propuesto:

“Una vez reconocidos como quiméricos todos los actos del mundo mental (y del otro también, para decirlo todo), hago una distinción entre ellas, según me parezcan las unas quimeras frescas y vivas, secreciones del ser mismo (que son raras) y las otras (que pululan) reflejos de quimeras, falsos parecidos de quimeras, impuestos –o inyectados- al paciente (o fingidos por él) sin que su propio ser intervenga.”

El plano único se divide, una vez más, en dos con un corte platónico: “secreciones del ser mismo” vs. “reflejos de quimeras”. Continúa:

“El conjunto de estas quimeras colectivas, prestadas, de estas quimeras enfriadas, apagadas, propuestas para reemplazar la quimerización personal de cada uno, forma, a mis ojos, eso que llamamos cultura.”

Establecido el plano único no se ve cómo sería posible distinguir entre “reflejos” y “secreciones del ser”. La razón de este regreso puede atribuirse a un temor: a que algo fundamental se pierda en el plano único. Tal vez en la proposición de un plano único Dubuffet no encuentre explicación para el cambio en la evolución de la cultura y el arte. O quizá no vea lugar para la novedad y la originalidad: el genio artista.

Creo que se trata de un tropezón en la argumentación de Dubuffet. Dejémoslo pasar. Por lo demás él mismo en el desarrollo de su epístola encuentra una explicación al cambio, a la evolución, en la cultura del hombre sin dejar de disolver el problema que plantea los límites de la oposición cultura-naturaleza, es decir sin abandonar el planteo del plano único.

“Hay todas las gradaciones, todas las gradaciones, quiero decir, de profundidad, todos los niveles, en lo cultural. Sé bien que los espíritus más liberados e inventivos, los acentos más personales, las más salvajes espontaneidades, no pueden pretender que nada deben a la cultura. Pero es una cuestión de más o menos; se trata de saber qué nivel de esa cultura es el que ha realizado el préstamo, la vieja madera o la albura”.

 Así queda zanjada la cuestión: no puede existir expresión que no esté atravesada por la cultura (y agregaría yo: por el lenguaje); no puede existir expresión artística o de cualquier clase puramente natural. La oposición cultural-natural no sirve, al menos en este momento de nuestra historia, para pensar la cultura o el arte. Sin embargo, podemos distinguir entre más o menos novedosas, más o menos apegadas a cierta tradición, más o menos radicales, etc. Ahí se encuentra y es útil la diferencia de niveles o grados.




La razón principal por la que he recogido y comentado las anteriores citas es que simplemente simpatizo con el lenguaje de Dubuffet. El tema del debate no me preocupa demasiado. Para mí es ya una cosa disuelta. Es la forma en que propone su visión, su manera de hablar, la me atrae y me inquieta. Esto, claro está, implica el placer de la repetición de lo que a uno le gusta escuchar. Puede ser así el trabajo de un paranoico, que ve en toda manifestación signos que coinciden con su mundo. Eso por un lado. Desde otro ángulo, puede resultar nutritivo para nuestra actualidad ver cómo quienes admiramos han logrado resolver cierta cuestión que se les presentó como un problema. Gracias a la acumulación y repetición de este tipo de pequeñas luchas y resoluciones es que hoy podemos ver el tema de la discusión como algo ya superado. Entonces, a su vez, no es sólo ejercicio del pensamiento crítico, sino un ejercicio de historia…




lunes, 2 de junio de 2014

El libro-casa de Danielewski




Publicada en Estados Unidos hacia el año el 2000, La casa de hojas de M. Z. Danielewski fue editada en España en una colaboración entre Alpha Decay y Pálido Fuego recién hacia fines del 2013. En Argentina se encuentra disponible en las librerías desde marzo de este año. Con sólo revisar algunas de sus casi 750 páginas se entiende el porqué de la demora siendo un libro tan comentado y discutido por sus lectores en inglés. Más allá del tamaño imponente del libro, sucede que su edición requiere de un complejo trabajo de montaje con diferentes tipografías, tachaduras, colores, divisiones, recuadros, párrafos espejados, etc. A nivel procedimientos de escritura, la novela pone en funcionamiento una explosión de juegos, trampas, interrupciones y recovecos audazmente administrados: réplica de lo descripto utilizando recursos espaciales y disposiciones textuales en todas las combinaciones imaginables (de hecho el libro es incómodo y obliga a darlo vuelta, ponerlo de costado, inclinarlo, etc.) Por otro lado, la obra entrecruza un gran cúmulo de géneros (terror, fantástico, novela sucia, novela de aventura, novela epistolar, diario personal) y toda una batería de tipos de textos (entrevistas, comentarios, poemas, artículos y un largo etc.) que la hacen monstruosa no solamente a nivel formal. En el plano macro-estructural, La casa de hojas se podría definir con la siguiente fórmula: estructura en abismo + estructura laberíntica + construcción cinematográfica.
Pueden ver el excelente diseño que Martín Cristal ha hecho de la estructura del libro: aquí

 Un breve resumen de las historias que contiene: al principio nos encontramos con el relato de Johny Truant, un joven de una vida difícil, adicto a los estupefacientes de todo tipo y aspirante a tatuador. Truant nos introduce a los escritos de Zampanó, un viejo académico, ciego, que acaba de morir. En sus textos a su vez, Zampanó, en tono distanciado y erudito (las citas falsas y las notas al pie abundan: Borges está por todas partes), va narrando una película casera. Se trata de una obra documental de un famoso fotoperiodista llamado Navidson sobre una extraña casa. Esta última es la historia que, con momentos verdaderamente vertiginosos, atrapa hasta el delirio: Navidson se muda a esta gran casa en el estado de Virginia junto a su mujer y sus hijos con la intención de recomponer los lazos familiares deshechos por los continuos viajes profesionales del fotoperiodista. Sin embargo, Navidson decide filmar todo el nuevo proceso familiar con cámaras fijas a la manera de un documental de la National Geographic. En ese proceso descubre que la casa tiene la particularidad de modificarse a sí misma, pero sin alterarse en su exterior, no importa cuánto cambie por dentro. Es ahí cuando el libro se mete de lleno en el terror y el filme narrado se transforma en algo que recordará, a quien la haya visto, a The Blair Witch Project (de hecho esa película se estrenó poco antes de la primera edición en inglés del libro).



La casa de hojas es como la casa sobre la que narra y, al igual que ella, cambia con cada paso que los lectores hacemos hacia… ¿dónde? ¿El interior? ¿Hacia adelante? Se puede pensar que si una novela fuera una casa, entonces, sus hojas serían las escaleras, pasillos, habitaciones, sótanos, altillos, sus rincones perdidos, los espacios siniestros y los patios luminosos. Sus palabras, por lo tanto, serían sus ventanas, muebles, cajones, repisas, alfombras, grietas, cuadros, espejos. De este modo, tendríamos un montón de libros o un montón de casas que podríamos agrupar o separar: las más oscuras, las más ordenadas, las más grandes, las que tienen segundo piso. La gran mayoría se parecería mucho entre sí. Los libros anómalos se destacarían con facilidad. El Quijote, como un castillo antiguo con un gran patio trasero volviéndose sobre la entrada; Rayuela como un edificio con un ascensor extravagante que te llevaría del tercer piso al cincuenta y siete, con carteles indicadores hasta para abrir una canilla; la casa de Macedonio Fernández sería la antesala de otras antesalas; V. de Thomas Pynchon sería una casa-bunker cerca del mar diseñada para que vientos de distintas procedencias se encuentren en un patio evanescente lleno de estatuas de arena. Bien. La casa de hojas de Danielewski figurará, sin dudas, entre estas últimas. Por fuera, una típica casa abandonada, algo tenebrosa, un poco grande tal vez. Por dentro, habría otra casa, y más adentro otra y luego otra y después un gran living que sería un enorme laberinto con escaleras que te llevarían a otras escaleras que darían a innumerables habitaciones que podrían ser enormes o inmensamente pequeñas y que en el final te dejarían de regreso en el exterior de la casa, pero, esta vez, rodeado de una oscuridad tan grande y tan fría como una galaxia sin estrellas. 

La casa de hojas, en fin,  es el trabajo de un obsesivo, de un loco, o tal vez de un genio, que siente un llamado creativo oscuro y excesivo (vean si no, este video-entrevista en Vimeo). Todo en el libro puede hallar su propósito, pero al igual que en la casa, no hay nada que no sea susceptible de alterarse de manera extraña e inquietante. El lector deberá participar muy activamente si quiere descifrar en cada capítulo el código sobre el que está compuesto y no descartar los experimentos tipográficos como simples caprichos. Pero con un poco de buena voluntad, felizmente, no se caerá en el sinsentido, aunque sí en la oscuridad. Mariana Enriquez ha dicho que La casa de hojas es una defensa del libro en papel porque se resiste a ser adaptada a una película. La casa de hojas, entonces, este monstruo abismal de papel y tinta, si bien no se propone demostrar nada, sí que da para pensar. Al menos nos sitúa frente a dos posturas: o bien, que estábamos erróneamente acostumbrados a la ausencia de las grandes novelas experimentales; o bien, que es una de sus episódicas y grandes producciones que nunca dejarán de aparecer. 

(Reseña publicada originalmente en Hoy Día Córdoba)


Entrevista a Mark Z. Danielewski from Pálido Fuego on Vimeo.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Todos le roban, pero nadie lo sabe




Un profesor de literatura latinoamericana de una prestigiosa Universidad de Estados Unidos recomendó la lectura de Rubem Fonseca. Fue una noche de verano, hace un par de años, en un bar muy concurrido de la ciudad de Córdoba, cuando este cronista escuchó: “hay que leer a Rubem Fonseca. Todos le roban, pero nadie lo sabe”. A pedido de su interlocutor directo, el profesor tuvo que repetir el nombre. Todos los presentes desconocían al autor (hay que decir que ninguno, salvo el profesor, superaba los treinta años de edad). Una semana más tarde, con el nombre de Fonseca anotado en el celular, mientras emitían retrasmitido el final de la serie Mandrake (HBO), apareció el primer dato. Fonseca era el creador de los personajes y las historias en las que se basaba la serie (dicho sea de paso con guión del propio hijo de Rubem). Es que Fonseca, al menos en Argentina, es tan conocido como desconocido. 

Una de las primeras informaciones que se encuentran del autor es que es, al igual que su amigo Thomas Pynchon, paradójicamente popular por alejarse de las cámaras. Pero Fonseca no le hace asco al cine. Ha sido guionista de varias películas, algunas basadas en sus libros, otras no. Incluso en internet se hallan más artículos de Fonseca hablando sobre la historia del cine y su relación con la escritura antes que artículos literarios sobre su obra. En uno de esos artículos, Fonseca destaca las ventajas de la literatura sobre el cine. La principal, para el brasileño, es que la literatura necesita sin excepción la participación creativa del lector. En la escritura hay un espacio, acuoso e inconquistado, que debe ser llenado por cada lector. Por ejemplo: en el texto hay una voz y unos datos sobre un personaje, pero el lector los combina, construye un cuerpo en su imaginación,  agrega detalles, completa. No así sucedería con el cine al ofrecernos una encarnación definitiva que determina nuestra imaginación.


La suerte editorial de Fonseca ha sido muy despareja en Argentina. Una buena noticia es que El cuenco de plata reeditó en el 2013 sus dos primeros libros de relatos: Los prisioneros (1963) y El collar del perro (1965). En una reseña anterior nos detuvimos en Los prisioneros. Hoy le toca el turno a El collar del perro.

En El collar del perro Fonseca merma las rupturas formales y, en cambio, profundiza los mejores rasgos de la narrativa que ya venía ensayando en su libro anterior. El primero de los ochos cuentos que componen El collar del perro se titula Fuerza Humana. Se trata de una suerte de continuación del formidable Febrero o Marzo, aquel cuento del fisicoculturista con el que abre Los prisioneros. En esta oportunidad, la fuerza física del personaje funciona como una metáfora de su fuerza de voluntad y de la posibilidad de superar sus determinaciones. Las justificaciones que sostienen la existencia del protagonista se pondrán en crisis a raíz del encuentro con “Vaterlú”, un joven negro mendigo que baila en la calle por monedas y que posee “el desarrollo muscular en bruto más perfecto”.  Otro gran cuento de este libro es Madona. En este se narra la historia de un adolescente estúpido por las mujeres que, llegado a la culminación de un fin de semana de fracasos, logra colarse con una chica, su hermana y el novio en la pista de un aeropuerto para asistir al despegue absolutamente dislocador y ensordecedor de los aviones. Esa es una escena vibrante y un logro mayor del brasileño. El cuento que da título al libro, El collar del perro, inicia el particular derrotero policial que luego tomará la obra de Fonseca. En este cuento magistral, el desarrollo del enigma pasa a segundo plano para centrarse en los desengaños de un joven delegado de la policía, el doctor Vilela. El choque entre la idealidad con la que el delegado pretende desarrollar su trabajo y la realidad de sus subordinados servirá para retratar los sórdidos mecanismos de violencia y marginación en los que la sociedad de São Cristóvão vive.

El lector más célebre en Argentina de la obra de Fonseca fue Tomás Eloy Martínez. Llegó a prologar el libro de Fonseca 64 contos. En el 2009, Martínez publicó una afectuosa nota en la que recordaba: “Después de aquel primer cuento (Paseo Nocturno, parte 1), me dediqué con afán a leer todo lo que Fonseca ha escrito, sin que jamás me defraudara”. Y es que Fonseca es un autor adictivo. Lo confirma Martínez, pero no es el único que ha sentido los efectos que produce su lectura… Consideren eso. Ahora sumémosle que las tiradas de El cuenco de plata para Los prisioneros y El collar del perro fueron de 1.200 y 1.500 respectivamente. Son muy pocas. Dese prisa.

Link al portal de el cuenco de plata

(Reseña publicada originalmente en Hoy Día Córdoba)


lunes, 19 de mayo de 2014

Razones Personales



Reseña del libro Razones personales, del amigo Franco Boczkowski, editado por Nudista (2013). Publicada originalmente en Los Ebooks 

En primer lugar, comenzar con una declaración: toda poesía debería ser, en una o más dimensiones, una militancia. La militancia es, en este libro y por encima de todo, rítmica. Luego y en consecuencia, invitar a descifrar y paladear la música de estos poemas. Dicen que la lectura de ciertos poemas obligan a que la voz se despegue de la garganta y se materialice en el aire: no hay duda alguna de que los poemas de Boczkowski son de este tipo. Primera clave de lectura: artesanía gramatical y sonora. Agregar que las “razones personales” del poeta se nos proponen en una apuesta económica y lúdica para que el lector-oyente pueda -parafraseando uno de sus versos- contarle al poeta lo que él mismo ha vivido. Segunda clave de lectura: expresión de los márgenes de una intimidad que toma la forma de una experiencia literaria que trasciende, porque torna irreductible, la oposición público/privado. 

Basten dos ejemplos reversibles. Si los asuntos tratados son individuales, éstos se revelan en toda su condición de asuntos colectivos: 

No fue tragedia la primera, ni sería
farsa la segunda vez que nos encontremos,
nosotros mismos o distintos, o este martes
negro que no es y hace años se prolonga
y no acaba ni con Grecia, ni con Francia, ni Alemania,
ni con nosotros acaba, esta vez tampoco;
ni el tiempo y el espacio nos acaban.

Si por el contrario, los asuntos parecen ajenos o lejanos, se demuestran asuntos profundamente personales: 

Lo que llegue para China o para Europa  
llegará, y nosotros 
habremos tomado una decisión, o nos habremos 
dejado tomar por decisiones. 

Después, yo también, apostar con mi experiencia de lectura y afirmar que los poemas de Boczkowski son perfectos incendios: construcciones resplandecientes para destruir lo naturalizado y obtener a cambio la nostalgia de lo real. Sucede que este conjunto de poemas se recubre en la condición ineludible de lo existente: su historicidad y su singularidad. Pero, a su vez, advertir que no se trata de la ejecución de una poética de lo concreto, ni tampoco de la expresividad de una interioridad aislada. Aquí la epifanía de lo real, la búsqueda, debe entenderse, es el amor, sus circunstancias y su devenir en nostalgia. Tercera clave de lectura: las circunstancias del amor o la nostalgia de su ausencia. 

Ahora sí, estamos en condiciones de afirmar que los poemas de este libro exponen, cada uno, una realidad íntima en donde la voz del poeta buceará en el fondo de las relaciones que hacen posible esa singularidad para simultáneamente cuestionarla. En efecto, la escritura de Boczkowski nace en la disputa y no oculta su situación de debate: con la literatura, con el uso de la poesía, y con un modo de ver y explicar el mundo. No hay heroísmo en abandonar el conflicto / y evitar dar la pelea, se afirma en uno de sus versos.  

El poeta tiene las manos en el barro de lo real, está allí hurgando en el fondo, jugándose la partida por entero, inmiscuido sonido a sonido. Es en ese quehacer constante cuando el lector recibe la descarga, cuando la toma de conciencia se le hace transparente.  No obstante, no se trata de una constatación mecánica, no es la aplicación de una dialéctica abstracta. Más cerca de una revelación, o de un desenvolvimiento epifánico, la conclusión se ilumina por la comprobación rítmica de los sentimientos del poeta: 

No es el tiempo la desgracia, si podemos 
darlo vuelta y encontrarnos, nuevamente,
en otro punto del trayecto.

Singularidad, musicalidad y amor, entonces, son las tres llaves para abrir (y abrirse) a los poemas de este libro. Boczkowski, desde esta perspectiva, es un poeta de las circunstancias, del ritmo y la nostalgia: con su mirada repasa los hechos desde un más allá de la literatura y el tiempo. Un más allá que no negocia con la vana eternidad, sino con la historia. Un más allá en el que todavía no se halla a salvo, y desde donde podrá peguntar con inocencia y lucidez: ¿Habrá sido por eso que te fuiste?


Así escribe Boczkowsi:



Transición

No fue tragedia la primera, ni sería
farsa la segunda vez que nos encontremos,
nosotros mismos o distintos, o este martes
negro que no es y hace años se prolonga
y no acaba ni con Grecia, ni con Francia, ni Alemania,
ni con nosotros acaba, esta vez tampoco;
ni el tiempo y el espacio nos acaban.
No hay heroísmo en abandonar el conflicto
y evitar dar la pelea. Son éstas
las condiciones y el estado
de equilibrio al que llegamos sin siquiera
habernos propuesto ese deber
de sentir, como mandato, el peso
de esta tarea de vernos obligados
a construirlo todo, incluso
lo necesario para destruir
el estado en el que nos tienen las cosas;
este ahogado estado de las cosas:
si se han ido las circunstancias, entonces,
se ha ido también el amor;
mil bancos pueden derrumbarse sobre el vientre
de mis hijos, o los tuyos, o los otros,
los frutos que evitamos por propia decisión
y que ya no vuelven con el tiempo
porque no acaban con nosotros
ni el tiempo, ni el espacio, ni estas pobres circunstancias
que, agotadas, entonces, se llevan el refugio
y no nos dejan, al parecer, otra cosa más que algunas
deudas imposibles de pagar,
la pura intemperie de esta transición
en la que nos ampara el amor,
o nos destruye el estado.



sábado, 17 de mayo de 2014

Pasto de Urón II




(Foto: full moon)


II

Mientras Tanco le acaricia
los mechones de su barba
Safari piensa:
Tanco ha visto
el fondo de mi alma y
se parece al fondo
de la suya.
Por esa
razón
me ama.
Yo lo acepto
lo comprendo
porque
acaso amar
¿no es tener el tiempo
suficiente para hurgar
en el fondo del otro
 y encontrar algo
que se nos parece
pero que es
absolutamente extraño
como cavar y cavar
en una pradera
de algún planeta desconocido
y encontrar un hueso
un hueso roído
por otros dientes?

(De la serie Pasto de Urón)

jueves, 15 de mayo de 2014

Un desconocido muy conocido


Rubem Fonseca (1925, Brasil) es uno de los grandes escritores latinoamericanos de indiscutido reconocimiento internacional, comisario de policía y aspirante a juez que se descubre como escritor a sus 38 años de edad, autor de más de una veintena de libros, reverenciado por su tremenda capacidad narrativa y su acidez crítica, renovador exquisito del policial negro, poseedor de un estilo hipnótico y visceral, ganador en el año 2003 de los premios Juan Rulfo y Camões, pero cuya obra, extrañamente, al menos en las librerías de Argentina, es casi imposible de conseguir. Entonces ¿ha oído usted hablar de Rubem Fonseca?

Ahora bien, la mayoría de los libros de Fonseca han sido traducidos al español. ¿Los libreros lo han olvidado? Lo ha editado parcialmente Seix Barral, Alfaguara, De La Flor y Norma entre otras. ¿Y el claustro académico? En la biblioteca de Filosofía y Humanidades de la UNC hay uno sólo de sus libros, su novela El enfermo Molière (2000) que tiene fechado su ingreso en la biblioteca en el año 2011 como parte de una donación particular. Si el lector se acerca notará que es el segundo usuario en retirar el libro desde su ingreso en la biblioteca. El primer retiro que figura corre por cuenta de este cronista.

La buena noticia es que El cuenco de plata reeditó en el 2013 sus dos primeros libros de relatos: Los prisioneros (1963) y El collar del perro (1965). Estas ediciones abren una interrogación ineludible: ¿estaremos en el comienzo de una revalorización editorial de la obra Rubem Fonseca en Argentina? No es posible anticiparlo, pero de lo que no hay dudas es que estas publicaciones son bienvenidas y necesarias.

Tomemos Los prisioneros, su primer libro. Se destacan dos relatos: el primero (Febrero o Marzo) y el último (El enemigo).  En Febrero o Marzo, un joven fisicoculturista marginal prefiere seguir vendiendo su sangre como medio de supervivencia antes que traicionar a una condesa a la que apenas hace dos noches que conoce. En El enemigo, un protagonista paranoico y solitario sale en la búsqueda de cinco compañeros de escuela con los que hace más de 20 años que no tiene ningún tipo de contacto. Logra entrevistarlos, pero ninguno puede confirmarle aquel pasado signado por la magia y las ciencias ocultas: “yo necesitaba saber si las cosas de nuestra juventud existieron de verdad o son producto de mi imaginación” le pregunta nuestro protagonista a un monje cristiano, el último de los amigos que visita; pero éste no recuerda nada: “los hombres sin imaginación no alcanzan a Dios. Dios existe”. Entre el primero y el último, otros nueve cuentos más breves y más insólitos que confirman retrospectivamente (exceptuando tal vez el cuento de factura excepcional titulado Henry que retoma la figura del asesino serial de mujeres Henri Landrú) lo que Guillermo Saccomanno alegaba en una reseña publicada en el año 2002 para otros de los libros de Fonseca.  En aquel texto, Saccomanno afirmaba que cuando Fonseca se mueve dentro de sus “escenarios naturales” (la violencia urbana, los personajes marginales) y “acierta con una historia, ésta se vuelve, sin declamaciones, inolvidable”. Al mismo tiempo, se quejaba de algunos intentos “vanguardistas” del brasileño de transgredir los géneros a través de ciertos “trucos formales” (transcripciones directas de una grabación, o de un chat o de una pieza teatral). De cualquier modo (más allá de Saccomanno y más allá de la tríada violencia, sexo y muerte por la que es mayoritariamente conocida la obra de Fonseca), Febrero o Marzo, El Enemigo y Henry permiten rescatar algunos de los principales rasgos estilísticos con los que trabaja el brasileño: diálogos breves, preferencia y uso magistral de la primera persona, versatilidad en el uso de las voces de los personajes (Eloy Martínez escribió una vez: “Fonseca no se parece a nadie. Su lenguaje cambia de uno a otro relato”), descripciones concisas y efectivas, ritmo super intenso y un manejo infernal de la tensión narrativa.  

La obra de Fonseca es amplia y extensa. Comenzar con su primer libro puede ser una afortunada o desafortunada entrada al autor. Sin embargo, tendremos asegurado el beneficio de saber que nos esperan sus mejores obras: Feliz año nuevo, El cobrador, etc. De todos modos, no hay dudas sobre la potencia de estos primeros textos de Fonseca (y la promesa de lo porvenir se vuelve sólo un añadido). En suma, los  relatos de Rubem Fonseca nos solicitan sin exigirnos, nos seducen con su precisión y sus personajes nos convencen absolutamente porque se nos permite escucharlos, vivirlos, imaginarlos impecablemente. Porque Fonseca puede ser visceral, erudito, absurdo, transgresor, vanguardista, excepcional, ácido, obsceno, truculento, pero siempre impecable.

Rubem Fonseca
Los Prisioneros (1963)
El cuenco de plata, 2013.


(Reseña publicada originalmente en Hoy Día Córdoba) 


martes, 25 de marzo de 2014

Marcela profética






He visto campos
sembrados con niños
incendiarse una mañana
de mucho sol.
Sus breves cabezas
lanudas ardiendo
hasta el anochecer.
He visto a la memoria
transformándose
en venganza.

He visto mucho antes
de los confines del tiempo
ingresar naves de combate
por el corredor
de las Sierras Chicas
arrojando rayos desintegradores
sobre los countrys.

He visto las bestias metálicas,
los insectos de acero,
junto a los fantasmas negros
de las lavanderas
furiosas, emerger
desde el Suquía
reptar por las paredes
de la Cañada y emprender
el ataque
hacia el Sur de la Ciudad.

He visto las llamas
en la ciudad. Los cyborgs
en apoyo de la revuelta
multiplicadora
tomar el control
de la plaza San Martín.
La cabeza del gobernador
en una pica, el cuerpo
del intendente
empalado
aún vibrante
sobre una plataforma improvisada
sobre San Juan y M. T. de Alvear.

He visto la viruta
del metal incrustarse
en los pliegues deformados
de las frescas cabezas
como frutas
de jóvenes muchachas
que soñaban ser banqueras.
Sus sueños diluidos
corriendo por el asfalto
hasta mezclarse con la grasa
chorreante
de los carros propulsados
del 108º Festival Internacional del Choripán.  

He visto la traición académica
y el corte limpio de sus intestinos
He visto la desesperación
en las trincheras de Nueva Córdoba
la última resistencia,
Los he visto perecer.

He visto en una terraza
de un edificio de Alberdi
un corral con gallinas y puercos,
las cámaras de la televisión
registrando el manifiesto
de un grupo de payasos
degollándose a sí mismos.
El tajo de sus gargantas
abrirse como párpados,
la sangre como un llanto
derramándose sobre las plumas
y las pieles de los sucios animales.

He visto esto
una y otra vez.
Lo he visto
extasiada siempre.
Cuando todo acaba
pongo en mi equipo de música
Division Bells de Pink Floyd.
Me tomo un café
enciendo un cigarrillo
y fumo
hasta que las campanas
ya sólo repican
en mi cabeza.   



domingo, 23 de marzo de 2014

Hacia el n-sexualismo

I. Su definición


M. –¿Qué es el n-sexualismo? Podemos decir que una práctica posible. Una forma de vivir la sexualidad. Algo vago, lo reconocemos. Lo que sucede, es que creemos que gran parte de la fuerza revolucionaria (o expansión utópica) del n-sexualismo proviene justamente de evitar una definición taxonómica de la sexualidad. De allí la “n”. Una n es una variable abierta, puede asumir cualquier valor, mantenerse estable o cambiar. No está precodificada. Aunque no hay que confundir. No se trata de una x, una incógnita a resolver, una esencia a develar. Todo lo contrario, intentamos dejar atrás la noción de “esencia” en la sexualidad. La n es más bien un punto de pasaje de intensidades mutantes. Un punto de conexión con otras sexualidades, una coordenada abierta al deseo múltiple.
El n-sexualismo es una forma de vivir la sexualidad sin necesidad de clasificarnos a nosotros mismos o a los demás en esta o aquella casilla: hétero, homo, bi, o lo que sea. Estos rótulos sólo sirven –en el mejor de los casos– para volver esperable, predecible nuestra conducta ante los demás; y en el peor, para generar conflictos en la formación de nuestra identidad sexual. Si alguien no se ubica en estas categorías, si no se asigna a sí mismo un valor estable, decimos: “¡Bueno, que se decida de una vez!”, o “Hay que tener paciencia: aún no se ha definido”. El n-sexualismo, al contrario, propone que no hay nada por definir, que no hay esencia que descubrir o aceptar, pero sí mucho por experimentar, mucho por sentir con el otro, mucho por liberar en las intensidades eléctricas que nos atraviesan y deshacen en el torbellino sexual de la vida.  

 E. –¡Exacto! El n-sexualismo pretende dejar a un costado toda objetivación de sexualidades en categorías cerradas. Muy al contrario, su intento es la apertura de posibilidades que eliminen conflictos típicos y angustiantes. La utopía es que cada cual viva lo sexual sin esquemas de inteligibilidad preestablecidos.
Hablando claro y simple, el n-sexualismo intenta solucionar muchos planteos o problemáticas actuales en relación a lo sexual. No exige a nadie definirse (nos olvidamos de las esencias), sino que impulsa a intensificar nuestras experiencias relativas a lo sexual.
 Cerrando este primer acercamiento, podríamos decir que el n-sexualismo se postula como una alternativa que propone desarrollar al máximo el flujo de posibilidades en las relaciones con los otros. Una alternativa que impulsa a vivir el devenir de nuestros deseos con libertad y sin culpas, multiplicando nuestro goce al abrir posibilidades para pensarnos a nosotros mismos y a los demás. Experimentar con el otro la mayor multiplicidad de sensaciones y lo más intensas posibles podría ser un principio fundamental de nuestra utopía.





II. Líneas de expansión

M. –Entremos de lleno en el juego. ¿Cuáles son las líneas de expansión que abre el n-sexualismo? ¿Qué territorio de opciones derrama ante nosotros? ¿Qué dispersión de ejes liberadores podemos imaginar? Éstas son las preguntas que nos guían. Sin buscar agotar las posibilidades del n-sexualismo, intentaremos recorrer algunos de sus impulsos.
Veamos. Desde el n-sexualismo, buscamos la expansión del yo en múltiples experiencias posibles. No su contracción, su repliegue, su envoltura cerrada en una “coherencia” subjetiva y sexual ya dada. Alentamos lo contrario: el despliegue abierto de las sensaciones, el estallido de opciones que crece y nos vincula con el afuera, con los cuerpos y miradas que nos rodean, que nos atraviesan, que nos incendian. Abrir el yo a la exterioridad de las relaciones, a los vínculos móviles, a las conexiones de intensidad con el otro; restar importancia a los abismos de la interioridad, dejar que el mundo del afuera, que el deseo incandescente nos arrase por completo.
Por eso mismo, el n-sexualismo alienta la multiplicidad antes que la unidad. Busca que nuestras experiencias aumenten, que nuestro deseo sea plural, que nuestro placer sea incontable. No le interesa la moral de “la calidad vs. la cantidad”. Está más allá de esto: busca intensidades múltiples, variadas, combinadas, diversas. No se detiene a recoger una unidad, una coherencia en el sujeto. Descarta esta pretensión, y propone en su lugar experiencias multiformes, plurales a descubrir con el otro, sin necesidad de jerarquizar nada dentro de la tormenta eléctrica de relaciones a la que nos entregamos, ni de ordenar coherentemente lo que sentimos. ¡Firulais!
Complementaria de la multiplicidad, es la simultaneidad. Esto es posible porque desde el n-sexualismo no hay intensidades “incompatibles” entre sí. Nos hemos acostumbrado a pensar que ciertos sentimientos deben respetar una serie cronológica para ser correctos moralmente. Por ejemplo, podemos amar (amor de pareja) varias veces y a distintas personas en nuestra vida, pero no al mismo tiempo. (No, al menos, sin vivir un dilema moral, o una desaprobación social.) El eje de la sucesión temporal está permitido, pero no el de la simultaneidad plural. El n-sexualismo propone borrar estas distinciones, restar importancia a esta costumbre cristalizada. En lugar de sentir culpa por la simultaneidad de nuestras pasiones, el n-sexualismo nos alienta a festejar esta capacidad de sentir, pues vuelve más intensa y plena nuestra vida.

E. –¡Eso es, mi estimado M.! Intensidad y plenitud de vivir posibilidades nunca clausuradas. Justamente, el n-sexualismo propone imaginar, en la libertad que provoca la ausencia de categorías cerradas y de divisiones morales cristalizadas, múltiples posibilidades de conexión y de relación. Las opciones que podemos considerar como dadas pierden relevancia a la hora de pensarnos en relación con los demás. La expectativa que se genera ante esta apertura de opciones sale de la lógica de la coherencia y de la homogeneidad. El terreno de las relaciones y de los deseos se torna dinámico, permitiendo mutaciones constantes (y lo mejor de todo: sin culpas).
En este andar dinámico, cualquier fijeza esencial se diluye en un devenir abierto. Ya no buscamos descubrir o aceptar qué somos; se trata, en cambio, de formarnos o construirnos a nosotros mismos en la explosión del choque de los cuerpos, en el juego eléctrico del deseo y el placer de n-relaciones. Las experiencias se abren a un futuro imaginado sin patrones estables. Aquí, las expectativas de identidad sexual no tienen sentido, ya que no hay definición sexual que no sea susceptible de modificarse sin previo aviso, mutando sin necesidad de establecer razones coherentes, sin culpas, sin crucifixiones.
 El n-sexualismo no busca la sensatez moral de las relaciones, ni la racionalidad de una coherencia de identidad sexual. Busca, en cambio,  la multiplicidad y la intensidad de las sensaciones, posibilitando la creación de un “yo sexual” flexible como una arcilla que pudiéramos transformar cada vez que nos venga en ganas.
En fin, desde el n-sexualismo proponemos abrir “mundos”, agrietar estructuras, fragmentarnos en posibilidades, crearnos a nosotros mismos en un desarrollo sin estatismos convencionales, multiplicar sin mesuras nuestro goce, diluirnos en un deseo plural.



Giovanni Lipari


  

III. Su polémica. La apuesta n-sexual

M. –Entramos en la parte final de nuestro recorrido. Nos toca ahora enfrentar una serie de nudos problemáticos, críticos, con los que debe medirse nuestra propuesta. Problemas que son, al mismo tiempo, el reverso de nuestra apuesta, el impulso que nos motiva. Básicamente, el n-sexualismo intenta disolver algunas dificultades y conflictos actuales en torno a nuestra manera de vivir la sexualidad imaginando una alternativa futura donde tales problemas pierden sentido.
Por supuesto, no agotaremos aquí todos los desafíos concretos del n-sexualismo. Nos detendremos tan sólo en tres de sus zonas polémicas, pues creemos que de este modo estaremos cubriendo los problemas y las apuestas más relevantes, más importantes en este momento de surgimiento y eclosión utópica.
 Tendremos, entonces, los siguientes puntos: a) el n-sexualismo en relación a uno mismo; b) el n-sexualismo en la pareja convencional; y c) objeciones globales a la utopía n-sexual.

Victory on the Sea - Jan Saudek

a) Identidad n-sexual

M. –Muchos pueden vivir sin conflicto su identidad sexual. Encajan perfectamente en una categoría estable. Se describen a sí mismos y ante los demás con los términos taxonómicos acostumbrados. Lo han logrado. La propuesta de escapar a una clasificación del deseo, a una cuadriculación de la propia identidad sexual, puede no atraerles. Hay personas, sin embargo, que sí saborearon algunos conflictos al tratar de formarse una identidad sexual fija, estable, normal. Tal vez experimentaron en algún momento una chispa de deseo que desbordaba las categorías acostumbradas. “¿Qué sucede? ¿No seré aquello que pensé que no era? ¿Fue un desliz? ¿Debo olvidarlo? ¿O es la punta del iceberg de mi “verdadero yo”? ¿Qué habrá sucedido en mi pasado, en mi niñez, para tener estas dudas? Si dudo de mi orientación sexual, evidentemente algo anda mal. Debo estar en crisis. ¡Ay! ¿Cómo haré para superar este trance? ¿Debo contarlo? ¿Reprimir mis impulsos? ¿Continuar normal mi vida, secretamente expectante de un chispazo de deseo similar? También dicen que dudar es normal, no debería preocuparme…, etc., etc.”.
Todos estos cuestionamientos, que llegan a veces a profundas angustias por “falta de definición”, no tendrían mucho sentido si no supusieran, como parámetro de normalidad, de ausencia de conflicto, una identidad sexual fija, determinada, definida, circunscripta. “No importa en qué dirección vayas, hijo –nos dice, en el mejor de los casos, nuestra sociedad–, ¡pero que sea una dirección determinada! Escoge lo que quieras, ¡pero escoge de una vez!”. El n-sexualismo no se inquieta por esta falta de definición, al contrario, la festeja: “Hay muchas direcciones posibles: ¡pásala bien!”. Intenta sustituir los conflictos en torno a la “esencia” de nuestra sexualidad: “¿Qué soy, esto o aquello?”, por preguntas n-sexuales del tipo: “¿Cuántas conexiones intensas, placenteras, felices puedo lograr con el otro?”.

E. –En efecto, los problemas “esenciales” (que reenvían a los abismos del yo) pierden sentido y se desvanecen en la irrelevancia. Como las posibilidades se abren a lo múltiple, los  desafíos n-sexuales serán situacionales (problemáticas que reenvían a lo vivido en este momento con el otro). Así, las preguntas que planteará el modo de vida n-sexual serán del siguiente tipo: ¿qué haré en tal situación? ¿Estoy disfrutando esto? ¿El otro querrá profundizar conmigo? ¿Me siento cómodo así?
La identidad n-sexual es una identidad mutante. Pero no porque nos exija cambiar a cada momento, sino porque es una identidad susceptible de tomar cualquier dirección sin la obligación de justificarse. Una identidad flexible que decide en situación, de acuerdo a sus propios límites y sus deseos.  El momento vivido será el rector de la decisión n-sexual. El límite que antes establecía mi coherencia sexual desaparece entre los pliegues de un abanico de posibilidades siempre abiertas.  

Sandra Torralba

b) Amor libre

M. –El desafío más grande que enfrenta nuestra utopía es que el n-sexualismo se libere en el corazón de la pareja convencional [1]Que nuestro amor, aun estando en pareja, sea n-sexual. “¿Es posible una pareja de este tipo? ¿Sería realmente amor? ¿Y qué hay de la fidelidad?”. Interesantes preguntas, que esperamos que algún día pierdan sentido. Pero por ahora, dialoguemos con ellas.

E. –Me parece muy bien que empecemos de una vez por todas con estos puntos tan polémicos y tan jugosos. Veamos, en principio, ese último que nombraste: la fidelidad. La fidelidad siempre es un tema actual, y una noción que está redefiniéndose continuamente. De todos modos, intentaremos ver algunas constantes que permanecen en su definición y que nos complican a la hora de entendernos en relación al amor.
Una constante que funciona como principio básico de la fidelidad es la exclusividad. Ser fiel es ser exclusivo de otro en el momento de hacer explícitos nuestros deseos. En general, se lo entiende como principio implícito del contrato de pareja. No hace falta decirlo. Es un elemento que funciona a priori al momento de establecer una relación “amorosa”. Sólo se explicita, justamente, cuando sucede lo contrario; es decir, cuando una pareja establece una relación que normalmente llamamos “liberal”, y que también normalmente no deja de producir una sensación de extrañeza. Así, una relación que no contemple la exclusividad, es entendida como algo que no se toma “en serio”, y que por lo tanto queda fuera del campo del amor. Tener una relación liberal con alguien significa que una de las partes implicadas no ama “verdaderamente”.
Así las cosas, cualquier deseo por un tercero es signo de peligro. Desear a alguien más es: o no amar verdaderamente a nuestra pareja o ya estar engañándola. Por supuesto, el engaño se produce cuando ese deseo es concretamente liberado sin el consentimiento de la otra parte implicada en el contrato amoroso. No engañar, o sea ser fiel, es reprimir el deseo, esconderlo, nunca conducirlo hacia fuera con otro. De este modo, al cercar el deseo en nosotros mismos generamos una experiencia conflictiva. “Deseo otros, pero no quiero engañar, pero sí amo…”
Desde nuestra utopía proponemos sustituir la pareja fidelidad/exclusividad, por la de incondicionalidad/intensidad. Ser incondicional con alguien no implica exclusividad de deseo. Incondicionalidad apunta más bien a aumentar la intensidad con la que amo, con la que experimento, con la que deseo; pero no siendo exclusivo a alguien. De este modo, la libertad de deseo y de experimentación con otros ya no se viviría como un engaño o como un conflicto.

M. –Creo que has dado en el nervio del asunto. En efecto, la fidelidad está fuertemente unida a la noción de pareja donde ambos se respetan y aman mutuamente. Es, en la práctica, el pilar de la confianza mutua. “Soy fiel porque amo”. ¡Qué bello! Sin embargo, ¿qué quiere decir esto? ¿Que uno concentra el deseo tan sólo en su pareja y por tanto los demás no importan (pasional o eléctricamente)? En ese caso, diríamos: “Soy indiferente al resto, porque te amo”. Sería más comprensible, y más triste también. Pero percibimos que no es esta la idea: no se trata de ser indiferente al resto, sino de sólo desear (legítimamente) a la pareja. De que el deseo por los demás sea correctamente controlado, limitado, y en el extremo ideal, eliminado, amputado. “Entre todas, te elijo”. ¡Lindísima frase! Unimos al mismo tiempo el amor hacia una persona, y el sacrificio del deseo por otras personas. Creo que el problema de la “fidelidad” es que se nos presenta como un término que parece implicar afectos y acciones positivas, constitutivas del amor, mientras que en la práctica no es más que una noción perfectamente negativa, limitadora del deseo: ser fiel significa exclusividad del deseo para con nuestra pareja. De aquí en más brotan alegremente los problemas morales: “¡Ay! Deseo (¡incluso creo que amo!) a otras personas. ¿Algo estará fallando en nuestro amor? ¿Qué debería hacer, reprimir, vivir lo que siento, engañar, elegir el verdadero amor, destruir la pareja? Ah!”. Pobre y conocido amigo. Desde el n-sexualismo esta tortura es innecesaria. Podemos amar simultáneamente a múltiples personas, si nuestro corazón lo resiste. Ya no se trata de “culpas” privadas, sino de flujos de intensidades a vivir con el otro.
“Sin embargo –se nos podrá decir–, algo está mal. No estamos respetando a nuestra pareja si amamos al mismo tiempo a otras personas; si tenemos, incluso, otras parejas!” Esta objeción sólo tiene sentido por haber asociado tan fuertemente “fidelidad” con “exclusividad”. Si dejáramos atrás este último término, la fidelidad no crearía los problemas que actualmente crea, y el respeto no tendría que ver tanto con “no traspasar las prohibiciones acordadas tácitamente”, sino con valorar la libertad de deseo y de relaciones de la persona que amamos.
En fin, si como se propuso más arriba, sustituimos el par fidelidad/exclusividad por  el de incondicionalidad/intensidad, habremos pasado de la “pareja-contrato” tradicional (cuya exigencia de “confianza” y “respeto” sólo tiene sentido por la red de prohibiciones implícitas en la que se sustenta), a la pareja n-sexual, donde se festeja el amor libre e incondicional; donde se busca y se disfruta al máximo generar intensidades especiales, pasiones eléctricas, vínculos de fuego, vidas centelleantes, amores que nos lleven al límite. Pero donde poco sentido tiene hablar de “exclusividad” en las pasiones. 


c) Objeciones globales al n-sexualismo

M. –Como muchas utopías que imaginan una alternativa posible a ciertos problemas o limitaciones actuales, también nuestra propuesta n-sexual ha recibido la desconfianza generosa del escéptico y la crítica despiadada del moralista. No nos parece mal ser escépticos ni preocuparse por las normas morales con las que vivimos. Eso mismo nos llevó a imaginar una utopía, una apuesta a futuro. Lo que nos interesa ahora, es defendernos de ciertas críticas generales, ciertas objeciones globales que se han alzado        –desde la corteza de la doxa– contra el n-sexualismo.  

E. –Para comenzar hablemos de aquellas críticas morales que tildan al n-sexualismo de “machista” o de “cínico”. Por un lado, se nos dice que el n-sexualismo reduce las personas a objetos sexuales. Creemos que nuestra propuesta se encuentra muy alejada de considerar a los demás (mujeres, hombres, n) como objetos sexuales en torno a nuestro deseo egoísta y tirano. Muy al contrario, el n-sexualismo propone ver a los otros como sujetos sexuales en pie de igualdad: libres, y seduciéndonos mutuamente, ¡hacia el festín! Se trata de  intentar ver al otro como un sujeto sexual con el cual relacionarse, pero sin clasificaciones previas, sin relaciones predeterminadas. Un sujeto con el cual mi relación de deseo se encuentra abierta a una multiplicidad de opciones sin clausuras.
Por otro lado, se cree que el n-sexualismo es una alternativa en la que “únicamente importa el sexo”, una visión reductora que considera que “en la vida todo es sexo”. Respecto a esto pensamos, al contrario, que “en el sexo, todo es vida”. Es decir, sin pretender reducir toda la vida a una dimensión, en este caso la sexual, intentamos expandir al máximo una de las dimensiones de la vida. Es simplemente eso: una dimensión entre otras. El n-sexualismo intenta liberar ese aspecto para expandir el propio yo en una de sus dimensiones, para abrir el mundo, para repensarse de manera fresca y liberadora, pero lejos, muy lejos, de considerar que es la única dimensión o de intentar jerarquizarla como la más importante de todas.
Así, el n-sexualismo ni considera a las personas como objetos sexuales (por el contrario, las reconoce en tanto sujetos sexuales), ni reduce el mundo a un solo aspecto (inversamente, abre este aspecto al mundo).

M. –Por otra parte, están las críticas basadas en la desconfianza general hacia la posibilidad de una utopía n-sexual. “¿Es verdaderamente factible?”, se nos dice. Tenemos dos formas de contestar a esta pregunta. Podemos preguntarnos si el n-sexualismo es realmente tan inconcebible en la práctica, o si, por el contrario, poseemos ya, a nuestro alcance, formas de vida muy parecidas a la que proponemos. Por otro lado, podemos rechazar el supuesto implícito que late en la crítica: el n-sexualismo como algo que se impondría de un día para otro y a todo el mundo. Responderemos utilizando ambas estrategias.
Para empezar, ¿es el n-sexualismo algo tan irrealizable como forma de vida? ¿Tan complicado y difícil resultaría en la práctica? Creemos que no, por la sencilla razón de que ya existe un paradigma de relaciones humanas que es similar, en muchos aspectos, a la propuesta que imagina el n-sexualismo. “¿Cómo? ¿Una práctica actual que resulta análoga a la utopía n-sexual?”. Pues sí, y esa forma de relacionarnos, al alcance de la mano, es la amistad. En efecto, desde la amistad se alienta la multiplicidad y la expansión de relaciones, se festeja la incorporación de nuevos amigos a nuestra red de afectos. No hay escándalo por la simultaneidad, al contrario, se considera que es positivo tener más de un amigo, pues cada uno enriquece nuestra vida de manera diferente y valiosa. También se considera positivo que todas nuestras amistades sean lo más intensas posibles, viendo como una virtud y no como un defecto, el que lleguemos a amar a todos nuestros amigos. La exclusividad aquí no tiene sentido: amar a un amigo no implica no amar a otro, o no respetarlo en la amistad. Tampoco necesita jerarquizar moralmente las relaciones, poniendo una amistad por encima de las otras. Puede hacerlo, pero eso dependerá de la conexión especial de intensidades que viva concretamente esa relación, no de una elección moral en nombre de la “verdadera amistad”, que sacrifica vivir ese mismo tipo de conexión con otras amistades. En fin! Las similitudes pueden seguir multiplicándose alegremente. Los valores e ideales n-sexuales, en gran parte, están esparcidos en nuestra manera de vivir la amistad. No creemos, por tanto, que sea tan imposible llevar a la práctica el n-sexualismo, que simplemente agrega la dimensión eléctrica de las intensidades sexuales.
Por otro lado, tenemos la objeción implícita de que el n-sexualismo sería irrealizable en  tanto propuesta que se impone de una vez y para todos. Sin embargo, ni la radicalidad inmediata del cambio, ni la universalidad de su aceptación, son pretensiones que persigue el n-sexualismo. Creemos que no se trata de un “todo o nada” en el corazón de las costumbres, sino de cambios graduales, liberaciones progresivas, según ritmos personales, de pareja y hasta grupales, por qué no. No hay, en este sentido, “líneas a seguir” predeter-minadas, ni “orden” n-sexual que reproducir. Simplemente proponemos flexibilidad en la manera de concebir y vivir nuestras relaciones –con nosotros mismos y con los demás–, a fin de aumentar el placer y la felicidad de los que somos capaces.



Martín Guerrero
Emiliano Baigorri Theyler

Artículo publicado originalmente en la revista universitaria El árbol de Jítara, N°2, 2008. 
Luego, fue publicado digitalmente en Revista Caja Muda, N°4, 2012.  



[1] Con “pareja convencional” no nos queremos limitar a la noción de pareja heterosexual, sino abarcar el acuerdo más general que entiende la relación paradigmática de amor como una relación que es, esencialmente, de a dos. “¡Mi media naranja!”